05
Apr

JAZZ: UNA ENCRUCIJADA DE CULTURAS


No lo pensamos mucho, pero para los que estamos bendecidos con el sentido del oído, nuestras vidas están llenas de sonidos. Estos sonidos tienen timbres, texturas, sabores, tonos, intensidades… el profundo tono de voz nuestro padre contándonos una historia, la dulce voz de nuestra madre, la cajita musical, el resorte de los dibujos animados, el sonido del agua, la puerta abriendose, el perro, el pajaro, el timbre, la cuna meciéndose. Luego campanas del colegio, motor de auto, el cepillo de dientes, la ducha, los disparos, los gritos, las risas. Luego el nombre de los números, las letras, los truenos, las llaves, el martillo, el aire acondicionado, la resonante voz propia, la voz ajena. Eventualmente, la voz del sexo opuesto, la marcha nupcial, las copas, el intermitente del auto, el hospital, los primeros llantos de un hijo, su respiración, sus ronquidos… podríamos seguir por siempre, porque la vida está hecha de sonidos. Basta con poner atención, en cualquier instante y encontraremos los sonidos que nos acompañan en esta etapa de nuestra vida. Los sonidos describen nuestra vida: los sonidos que acompañan a un campesino, los que acompañan a un hombre de negocios, y los que acompañan a un niño, son completamente diferentes. Así también, los sonidos varían enormemente entre distintos lugares del mundo: poco conocen en el Vaticano del sonido de un estadio de fútbol latino, poco conocemos en Latinoamérica el sonido del viento en la Antártica, y poco conocen en Grecia el silencio de las calles de Israel en la festividad de Yom Kippur, poco conocen en Australia el sonido del rezo colectivo musulmán en Egipto.

Los infinitos sonidos que existen en el mundo se topan, en su viaje, con el hombre. Y el hombre hace, sin demora y sin querer, lo que mejor sabe hacer: el hombre procesa. El hombre percibe, y al percibir identifica la fuente del sonido: “ese sonido viene de allí, viene de eso”. Pero el hombre también se identifica como receptor: no sólo “viene de allí”, sino que “viene hacia mí”. Y como el sonido viene hacia mí, el sonido se suma a mí, genera algo en mí, una diferencia. Y eso que “genera en mí” es una emoción. Por eso nunca podemos escuchar o hablar de un sonido sin evocar una cierta emoción. El llanto de un bebé, la risa, el agua, incluso una piedra rodando, todos gatillan emociones. Si bien estas pueden ser distintas para cada persona, el hecho es que alguna emoción surge. Aquí es donde entra en juego la música: la música es el sonido ya procesado por el hombre. La música es el producto de la unión de los sonidos y el hombre. El arte en general es la forma en que el hombre interactúa con un cierto elemento de la realidad: por ejemplo, la pintura es la forma en que el hombre interactúa con los colores y formas que hay en la naturaleza.

Aquí radica la importancia del arte: el arte nos permite apreciar más y mejor la realidad. Así es como funciona: el hombre camina por la vida y se enfrenta con infinitos estímulos, colores, sonidos, olores, emociones, formas, temperaturas, emociones… ¡y todos al mismo tiempo! Y esto es un problema, porque es simplemente demasiado, “¡no tengo cabeza para internalizar y apreciar todo esto de una vez! ” Por eso el hombre, en cada y en toda cultura y civilización, ha creado el arte: el hombre dice “esto es demasiada información para mí, pero sé que en cada cosa hay algo bello, algo valioso, que quiero apreciar. Por lo tanto este es mi plan: hoy me voy a enfocar en un sólo elemento, en un solo estímulo, y voy a trabajarlo, a manipularlo, para así poder apreciarlo mejor”. Eso es el arte: el arte es la división organizada de la realidad en partes más entendibles, más apreciables. Cuando voy al teatro a escuchar una sinfonía de Beethoven, lo que estoy haciendo es dedicarle ese tiempo específicamente al elemento del sonido: estoy sintiendo cómo el sonido ha sido manipulado, estoy apreciándolo, y estoy atento al tipo de emociones que ese sonido genera en mí (y la música es incluso más que sonido, es toda una institución social -el teatro, la gente, la vestimenta, la hora, los aplausos, etc…-). La música es como una droga que maximiza nuestra percepción de los sonidos, a costa de dejar otros estímulos de lado por un tiempo. Por eso los músicos somos amantes y agentes del sonido y en pos de él hemos decidido -sin saberlo- sacrificar otros elementos, hemos elegido el celibato en otras áreas: somos un amante fiel del sonido (por eso aprovechen, los que no son músicos, de esa extraña libertad). Por todo esto creo que los ruidos (un pájaro o el viento) pueden ser considerados música siempre y cuando yo tenga mi concentración entregada a ellos con el fin de apreciarlos, y por otro lado una canción puede no ser música si es que no estamos escuchándola de la forma adecuada. La música no la hace el músico, la música la hace el oyente. La música no es una realidad, no es un contenido, la música es una forma de escuchar.

Hasta ahora hemos dicho que los sonidos nos acompañan, nos definen, y nos diferencian unos de otros. También dijimos que el hombre procesa los sonidos y hace música. Entonces, como cada quien está rodeado por sonidos completamente distintos, cada quien hace música completamente distinta. Esta es la razón por la que cada cultura ha tenido y tiene su propia música. Hay cueca, tango, bolero, vals peruano,rancheras, swing, reggaeton, country, música celta, klezmer, el techno, salsa, música andina, pop, canto gregoriano, la bachata, heavy metal, y así infinitos más. Es fascinante pensar cuántos géneros musicales hay, y cómo a través de ellos podemos aprender de los sonidos en los que vive esa cultura, y así aprender sobre la cultura misma (por eso la próxima vez que quieran viajar y no tengan el tiempo o el dinero para tomar un avión, les recomiendo que se compren un CD con la música de ese lugar). Un buen ejemplo de esto hoy es la música electrónica, una clara condensación de los sonidos digitales que nos rodean a diario.

Pero la cuestión no termina aquí. Hoy vivimos en un mundo globalizado, y la globlalización ha cambiado todo: para bien o para mal, la música no es una excepción. Gracias a la globlalización tenemos fácil y libre acceso a distintos tipos de música. Pero más aún, cuando llegan sonidos extranjeros a tu propio hogar, cosas muy extrañas comienzan a scueder.

Aquí es donde quiero introducirles a un bicho muy raro, un tipo de música interesantísimo, el jazz. Entendamos, un poco, lo que es el jazz (mucho más se entenderá esto si de hecho escuchas una canción de jazz). El jazz, desde sus orígenes, es expresión musical de la mezcla de culturas: el jazz se origina en Estados Unidos, del Blues, música afro-americana que manifestaba con gran hermosura las tristezas y desesperanzas de una vida esclavizada, oprimida y mucha veces solitaria, mezclado con la euforia y adrenalina de la vida blanca de ciudad. Y el jazz ha permanecido y prevalecido por siglos, viendo desaparecer en su camino miles de otros géneros musicales. Claro que el jazz no es de ninguna manera la música más antigua, pero sí ha logrado mantenerse en pie y en una constante y aceleradísima evolución por una razón que lo hace único: el jazz tiene como su elemento central la improvisación. Improvisación es una forma de hacer música en la cual la música se crea, se compone en el instante. De las millones de canciones de jazz que han existido, ninguna jamás ha sido igual a otra, porque la creación es completamente espontánea. Cualquier canción de jazz, de cualquier época, desde Duke Ellington hasta Herbie Hancock, tendrá en ella improvisación. Esta característica propia -propia en tanto es la característica principal- del jazz le brinda una potencialidad evolutiva infinita. Así como entre los animales decimos que el hombre se distingue por tener libre albedrío, así se distingue el jazz de entre los distintos géneros por tener improvisación, y así también evoluciona y avanza de una manera diferente, más rápida e impredecible.

La libertad que tiene el jazz le ha permitido (no sin ciertas dificultades) adaptarse a la realidad de un mundo culturalmente globalizado. Personalmente me encuentro en este momento en Boston, Massachusetts, dedicado a aprender a tocar jazz. Y llegando a mi escuela, Berklee College of Music, una de las más prestigiosas escuelas de jazz del mundo, sorprendente me he encontrado con compañeros de literalmente todo el mundo (es, de hecho, la escuela de música con el mayor índice de estudiantes internacionales). Y cuando escucho a mis compañeros tocando jazz, no estoy escuchando a un Louis Armstrong, ni un blues afro-americano. Estoy escuchando a una cultura lejana, distinta, escucho a India, a Kuwait, a Latino América, a través del lenguaje del jazz, a través de los engranajes del jazz. Hay Latin Jazz, hay Klezmer Jazz, hay Funk Jazz, hay Jazz Fusión, y un gran etcétera. El jazz se ha fusionado, se está fusionando, con cada estilo de música que hay en el mundo (y si hay alguno con el que no se ha fusionado, pronto lo hará) generando nuevas realidades artísticas maravillosas. Realidades que vale la pena conocer.

El jazz se ha convertido en una encrucijada para las culturas del mundo. Es por esa razón que jóvenes de todo el mundo nos encontramos en un mismo lugar, porque no pudimos resistirnos a la libertad que nos brinda el jazz, y porque no sentimos que el jazz nos impone qué hacer, no sentimos que el jazz es lejano, que el jazz no pertenece a nuestra cultura. No nos sentimos incómodos en el jazz, todo lo contrario: nos sentimos como en casa. El jazz, en realidad, no es y nunca fue un estilo de música. El jazz es una forma de hacer arte, y también una forma de vivir (no entraré ahora en eso, pero sí hay muchas cosas que suceden musicalmente en el jazz de las que podemos sacar lecciones para nuestras vidas). El jazz es en sí mismo una cultura, una cultura que une culturas.

Para concluir, quiero hacer dos aclaraciones. Primero: si bien es una forma de expresión universal, el jazz sí es, al mismo tiempo, un legado cultural de Estados Unidos, una de las maravillas que EEUU ha introducido al mundo. Es importante destacar esto porque es un dato histórico certero, y también por la tendencia (a mi juicio terriblemente errada) que existe hoy de ver a EEUU como una sociedad que no produce su propia cultura valiosa, y que “lo único que ha aportado es el McDonalds y la Coca-Cola”. Y segundo: si bien el jazz se ha globalizado, no quiero que se piense por esto que la cultura musical (o cualquier expresión cultural) autóctona y propia de cada lugar está en su camino a desaparecer. El ser humano por naturaleza necesita y desea pertenecer a grupos, diferenciarse del resto, y le concede más valor a las cosas que le son más cercanas y propias. De hecho, considero que es por esa razón que el jazz adopta formas étnicas, formas de distintas culturas: porque es una forma que tenemos de arraigarnos aún más a nuestra propia cultura, una forma de renovar lo antiguo, de seguir la tradición, no de romperla. Pero a la vez es una forma de pertenecer a una nueva “cultura universal”, que no es tanto una cultura en sí misma, sino más bien una cultura de tolerar y aceptar las diferencias. El arte moderno no puede borrar las diferencias, y tampoco debe borrarlas. El arte destaca aún más las diferencias, pero las celebra. Estamos viviendo una época culturalmente confusa: no sabemos si debemos ser iguales, o distintos. El jazz se encuentra en medio de este problema y lo logra lidiar de una manera, a mi juicio, muy madura.